viernes, 16 de enero de 2015

Blue


He encontrado entre mi cabellera lacia y oscura un pelo largo, rubio y rizado. Supongo, he de suponer, que pertenece a mi yo anterior, a la aristócrata de los años 20 que frecuentaba cabarets para salir de su rutina de mesas de mármol y tazas de porcelana fina humeantes de té.

He encontrado en mi brillante calva un pelo negro y solitario. Creo que es un ermitaño, no quiere saber nada de nadie, no quiere compañía, no necesita más que un terreno yermo para subsistir. Debió nacer aquel día de ostracismo y reniegue social. 

Lo primero que pensé al despertar aquella tarde fue que mis amigos me habían gastado una broma pesada. La noche anterior había bebido más de la cuenta y tenía lagunas en la memoria y una destilería en el estómago. Cuando llegué tambaleándome al baño y me vi reflejado me sobresalté, "¡Qué cabrones!" una peluca rubia con media melena y flequillo estaba pegada a mi cabeza, primero sonreí y traté de despegarla, pero al tirar de ella arranqué varios mechones. Se me saltaron las lágrimas, volví a tirar apretando los ojos y las muelas y grité. No sé cómo, pero pelo a lo Marylin era mío, salía pelo a pelo de mi cuero cabelludo. Lo recorté, me pasé la maquinilla a un ritmo acelerado y angustioso, vi caer mechones por mis hombros, vi el suelo cubierto de hilos dorados y, al mirar mi reflejo, allí estaba. Intacto. De esa noche conservo un precioso cabello rubio, ahuecado e indestructible,  algunas lagunas y gran aversión al tequila.

Al despertarme esta mañana descubrí un pelo teñido de azul enredado entre mis pelusas de rincón. Hace varios inviernos que no barro los rincones, pero hace más de tres años que no entra nadie en mi habitación, nadie que no sea yo. No recuerdo haber llevado el pelo azul, aunque sí recuerdo pensarlo, imaginarme con el pelo corto y azul. Así que debí crearlo. Creció en mis pelusas y en el olvido se hizo largo.

Siempre que visito la peluquería siento melancolía. Lavan mi pelo hasta que lo hacen rechinar de limpio. Luego me cepillan y lo cubren de pinzas. Esa imagen del espejo me atemoriza los días de tormenta. Y luego las tijeras: Tris-tras, tris-tras, tris-tras. El suelo usando mi peluca se peina por última vez. Look de escoba y recogedor.

No te atrevas. 
Ni te acerques. 
No me tocarás ni un pelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada